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jueves, 1 de julio de 2010

El Grupo (atribuido a Jose Saramago (?)

Son diez o doce personas asustadas -un grupo. Se sientan alrededor de un saco lleno de miedos: el miedo a la soledad, el miedo al pasado, al presente y al futuro. Son unas cuantas personas trémulas que entre sí han decidido el fingimiento de ignorar la presencia del saco -y a eso le llaman valor. Son unas cuantas personas mudas de terror que se ríen, se hacen preguntas y respuestas y respuestas -y a eso le llaman comunicación. Pero el saco está ahí.

El grupo se agita, fermenta, organiza, tiene ideas, discute, pone, dispone y contrapone, se lanza a interminables charlas en las que el mundo es deshecho y rehecho -mientras dentro del saco se anudan los miedos, viscosos como limacos, a la espera de su hora. Son diez o doce avestruces que esconden cautelosamente la cabeza en la arena y mueven en compañía sus colas emplumadas. Y son inteligentes. Todos han venido de muy lejos y saben mucho. Han leído todas las bibliotecas, han contemplado todos los cuadros de todos los museos, han oído toda la música existente. Tienen en el bolsillo de la chaqueta o en su cartera de mano las treinta y seis maneras radicales de transformar el universo próximo o remoto -pero ninguno de ellos ha transformado su pequeña vida personal y, en algunos casos, ésta ha sido desgraciadamente transmitida.

Cuando el grupo se dispersa (cosa inevitable, de vez en cuando, hasta por razones de higiene), continúa, de lejos, gravitando en torno del saco de los miedos. Ahí, el miedo a la soledad hace converger de nuevo los doce planetas en el foco central del sistema. Cada cual presenta entonces su flaqueza y se espera que de doce debilidades nazca una fuerza. El grupo tiene esa ilusión.

Pero en la naturaleza profunda del hombre (y en su responsabilidad) está el que la confrontación de sí mismo con la vida tenga que pasar por una batalla personal con los miedos que la niegan. Y de nada sirve, para la resolución del segundo problema (ser, siendo entero) esa embriaguez en común, ese paraíso artificial que es el grupo. El miedo a la soledad sólo puede ser vencido después de un cuerpo a cuerpo con la total desnudez del alma (si me explico bien) o de la abstracción a la que damos ese nombre. Y esa victoria no fue alcanzada, ni siquiera ha sido quizá iniciado el combate, si se va a buscar en el grupo el mítico remedio, la panacea universal. Eso es aceptar la derrota antes de la primera escaramuza.

Hay también la vejez y la muerte. Aquí está el espejo y su lenguaje. Aquí está el brazo que no ciñe ya con su fuerza antigua. Aquí está el corazón que empieza a negarse a subir la cuesta. Aquí está el dolor sordo que anuncia lo irremediable. Aquí está el tiempo y el fin del tiempo. Del nuestro, del tiempo que le ha correspondido a cada uno de nosotros y cuya medida nos ocultan, pero que suena como el cantar rápido del agua que va subiendo en el cántaro. Aquí está, pues, la vejez y la muerte. Ante este miedo estaremos solos. Es nuestra batalla particular, aquella en la que, en el fondo, más arriesgamos, porque es el cuerpo lo que está en juego, el cuerpo que va perdiendo la lozanía y vigor, belleza (si la tenía), la máquina esplendorosa hecha para la luz y a la que la luz abandona. Pero son tales las virtudes que el grupo tiene, que en él vamos a buscar la ceguera útil, ayudándonos por el espectáculo consolador de la decadencia de los otros.

Por fin, hay el miedo del pasado, del presente y del futuro, generador de las angustias cotidianas, sombra y amenaza constantes. El grupo pone en común tres o cuatro esqueletos del pasado de cada cual, lo que permite la instauración de una benévola aristocracia de sentimientos, a través, naturalmente, de la lisonjera práctica del elogio mutuo. Pero el armario de los esqueletos con defectos óseos, ése, continúa bien cerrado, y la llave la guarda uno mismo y su copartícipe, si el patrimonio osamentario es común a dos. En cuanto al presente, el miedo está al alcance de la mano, al alcance del grupo, porque nada de aquello va a durar, porque el grupo segrega de su contradicción el veneno que lo destruirá. En el futuro. Mañana. Hasta el próximo grupo.

O hasta que una de las diez o doce personas descubra que es en sí misma donde está el mal y tal vez también el remedio. Y que el grupo es, a fin de cuentas, un poco de agua turbia donde va a diluirse y desaparecer, como frágil terrón de azúcar, la roca amarga y vertiginosamente lúcida (y por eso es capaz de alguna alegría perfecta) que es lo mejor de esa grandeza a la que suele llamarse condición humana

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