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sábado, 30 de octubre de 2010

Sobre C.M. de Alvear y otros - de Osvaldo Soriano

El país imposible

El primero que intentó entregar el país a una potencia extranjera fue el director supremo Carlos María de Alvear.Unitario admirado por la rancia oligarquía porteña, su nombre se perpetúa en una de las más elegantes avenidas de Buenos Aires y en calles de todo el país. 

Alvear regresa al Río de la Plata en marzo de 1812 junto a San Martín. Los dos son masones y pertenecen a la Logia Lautaro pero nunca se pondrán de acuerdo en política. A los veinticinco años, Carlos María es alférez de carabineros reales de España y está emparentado con las más prestigiosas familias porteñas. Brillante, audaz, fanfarrón, sueña con llevarse la gloria de la emancipación americana. En cambio, el teniente coronel San Martín es casi un plebeyo y para congraciarse con los doctores porteños se casa con una niña de los muy respetables estancieros Escalada. 

La ambición de Alvear es tanta que despierta la alarma de su tío Gervasio Posadas: "Cada día estamos más aturdidos del arte e ingenio de Alvear en una tan corta edad", escribe el que será primer director de las Provincias Unidas. En aquella aldea de veinte manzanas donde el fervor revolucionario se apaga con la muerte de Moreno y las derrotas de Castelli y Belgrano, los terratenientes hacen negocios descomunales con los buques ingleses. En poco tiempo la precaria industria del interior desaparece suplantada por productos importados y la mano de obra pasa a ser carne de cañón: los ponchos de los soldados de Belgrano se confeccionan en Gran Breta¬ña y los Anchorena, Terrada y Rosas viven su gran hora abriendo saladeros. 

Alvear se aprovecha de las victorias de Rondeau en Montevideo y gana una fama que lo envanece y lo agiganta en la Logia y en la Sociedad Patriótica que maneja Bernardo Monteagudo. A la caída de Posadas como director supremo, Alvear, que aún no tiene veintiocho años, ocupa el cargo en el que ya influía desde la sombra. Manda soldados contra el gran Artigas y logra alejar a San Martín de la escena política, pero una hábil maniobra del futuro libertador, que se finge enfermo en Mendoza, le impide derrotarlo para siempre. 

No bien Fernando VII regresa al trono, Belgrano y Rivadavia son enviados a Madrid, París y Londres para negociar disculpas y alianzas. Sarratea, que fue a comprar armas a Inglaterra, vuelve con las manos vacías. Alvear, aterrorizado, escribe a la Corte de España para explicar que está al frente del gobierno de las Provincias Unidas nada más que para preservar los intereses de la Corona. Es decir, continúa con la ficción ideada por la Primera Junta pero decide devolver estas tierras al rey a cambio del perdón para los estancieros y comerciantes que abjuren de las ideas de Mayo. 
Entre fines de 1814 y comienzos de 1815 todos los movimientos revolucionarios estaban en retroceso. Bolívar había salido de Venezuela para refugiarse en Jamaica bajo protección británica. En Quito, Chile y México triunfaban las fuerzas de la contrarrevolución y en el Río de la Plata Artigas les hacía la vida imposible a los porteños. 
Es la "anarquía" de los gauchos de Artigas lo que desvela a Alvear más que la amenaza de la flota española. Tiene en contra a la gente, pero gobierna en dictadura con el ejército al que ha dividido en tres fracciones. Se lo cree valiente y patriota porque es gritón y presumido, pero en ese año de 1815, en pleno fervor de la juventud, ya no piensa en la "marcha gloriosa" sobre Lima. 

Ofrece a su enemigo Artigas la independencia de la Banda Oriental a cambio de que éste abandone Entre Ríos y Corrientes. Pide ayuda a José Gaspar Rodríguez de Francia pero el dictador del Paraguay se niega a intervenir en los asuntos del sur. Tampoco Estados Uni¬dos responde a un pedido de "protección" y entonces, aconsejado por Nicolás Herrera, da instrucciones al secretario del Consejo de Estado, Manuel José García, para que se presente ante lord Strangford, embajador británico en Río de Janeiro, y le ofrezca estas provincias como sumisas colonias de Su Majestad. 

El 28 de enero de 1815 García sale para el Brasil con dos oficios de Alvear, uno para Strangford y otro para el gabinete inglés. Esas cartas iban a ser halladas muchos años más tarde, a la muerte de Rivadavia, en el único baúl que se llevó al destierro. 

Le escribe Alvear al ministro Castlereagh: "Estas provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer a su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso. Ellas se abandonan sin condición alguna a la generosidad y buena fe del pueblo inglés, y yo estoy dispuesto a sostener tan justa solicitud para librarlas de males que las afligen. Es necesario que se aprovechen los momentos. Que vengan tropas que se impongan a los genios díscolos (en alusión al caudillo Artigas) y un jefe autorizado que empiece a dar al país las formas que sean del beneplácito del Rey y de la Nación, a cuyos efectos espero que V.E. me dará sus avisos, con la reserva y prontitud que conviene para preparar oportunamente la ejecución". 

García elude a Belgrano y a Rivadavia que están en Río de Janeiro y se entrevista en el más estricto secreto con lord Strangford el domingo 26 de febrero por la noche. La carta para el ministro Castlereagh está lacrada pero la otra, la de presentación, es más larga y patética. Al leerla, el inglés debe haber sentido algo parecido a la compasión: "Cinco años de repetidas experiencias han hecho ver de un modo indudable a todos los hombres de juicio y opinión, que este país no está en edad ni en estado de gobernarse por sí mismo y que necesita una mano exterior que lo dirija y contenga en la esfera del orden antes de que se precipite en los horrores de la anarquía (...) 
En estas circunstancias sólo la generosa Nación Británica puede poner un remedio eficaz a tantos males, acogiendo en sus brazos a estas provincias, que obedecerán su gobierno y recibirán sus leyes con el mayor placer (...) Yo no dudo en asegurar a V.E. sobre mi palabra de honor, que éste es el voto y el objeto de las esperanzas de todos los hombres sensatos, que son los que forman la opinión real de los Pueblos; y si alguna idea puede lisonjearme en el mando que obtengo, no es otra que la de poder concurrir con la autoridad y el poder a la realización de esta medida, toda vez que se acepte por la Gran Bretaña (..,)". 


Tanta es la sorpresa de lord Strangford que, como buen diplomático, aconseja a García cambiar el pedido de ocupación por un memorial solicitando que "Su Majestad Británica ceda a las súplicas del infortunado pueblo (el argentino) y le haga conocer su destino...". 

Manuel García es de los que nunca se ruborizan. Nueve años más tarde gestionará, de acuerdo con Rivadavia, el famoso empréstito de un millón de libras esterlinas con la banca Baring Brothers; luego, en 1827 tras la victoria argentina de Ituzaingó, firmará el acuerdo de paz que le impone en Río de Janeiro el derrotado emperador del Brasil. Pero en 1815 García se apresuró en redactar el "memorial" sugerido por lord Strangford. El ejemplar que se conserva en el Foreign Office tiene fecha 3 de marzo y la copia que le manda a Alvear con ligeras diferencias es del 4. 
Menuda sorpresa se llevan Belgrano y Rivadavia cuando se topan con García el 3 de marzo y se enteran de la misión ya consumada. Algún memorialista sostiene que Belgrano se enfurece y se va de manos. Rivadavia, más sutil, retiene el oficio original de Alvear y le escribe de inmediato para que conste ante la posteridad: "Ya hemos hablado largamente con García. Pero lo queme ha pasmado sobre todo es el pliego para Inglaterra y el otro idéntico para Strangford aún más. Yo protesto que he desconocido a usted en este paso. Este avanzado procedimiento nos desarma del todo..." 

En Londres, Rivadavia no consigue entrevistarse con lord Castlereagh y se guarda el oficio del efímero dictador. Muchos años después, como secretario del gobierno de Martín Rodríguez y cuando lo nombren primer presidente de la República unitaria, Rivadavia habrá de recordarle aquel sobre imprudente a su ministro de Guerra, Carlos María de Alvear. Los ingleses a los que Rivadavia abrió las puertas de manera tanto más elegante lo derrocaron enseguida porque no toleraban sus intrigas y los arrebatos de su carácter sinuoso. Pero tal vez el presidente intuía que la historia liberal iba a seleccionar con mucho cuidado a sus próceres. Por eso tuvo la delicadeza de guardar, sin quitarle los sellos, aquella carta en la que Alvear se anticipaba a tantos otros héroes que ahora tienen sus calles y salen, muy orondos, en las figuritas del Billiken. 


Osvaldo Soriano, "Cuentos de los años felices", 1993. 
(Gracias Jorge T.)

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