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sábado, 26 de febrero de 2011

Mezo Bigarrena

Un gran escritor y compositor olvidado con una historia de viajes, controversias, de conocer y codearse con muchos grandes, mal genio y un final...acá está:


Vasco Viejo

Dos discos casi secretos (Viaje de vida y Avión) y una existencia nómade y turbulenta lo convirtieron en un mito de la música de los años 80. En Londres compartió una casa tomada con Sid Vicious y se hizo amigo de Joaquín Sabina. En Brasil grabó con Chico Buarque. Un amor argentino lo trajo a Buenos Aires, donde vivió los últimos ocho años de su vida haciendo lo que sabía: seducir, sacar chispas, componer canciones de culto, pelearse con todo el mundo y desmoronarse. Ésta es la historia del vasco Mezo Bigarrena.









por Ina Godoy - Página/12 Suplemento Radar

Aunque grabó dos discos en nuestro país y fue un personaje conocido y respetado dentro del circuito de músicos de los ‘80 de toda Latinoamérica, Mezo Bigarrena pasó inadvertido para el gran público. Para escuchar hoy sus canciones hay que limitarse a las versiones que Juan Carlos Baglietto grabó de temas como “La rosa fantasma” o “En este barrio”. 
Por suerte No es asi. Sus dos discos con sus versiones originales están, aunque descatalogados.
Sus colegas, amigos y mujeres coinciden en que Mezo tenía todo para pasar del personaje de culto a cierta popularidad, pero su propio carácter, su elección de vida y una sociedad que acostumbra ignorar lo que no entiende condenaron al olvido a un músico que 15 años atrás ya mezclaba en sus discos bossa nova con chacareras y rocks furiosos. “Hay tipos que componen bien pero no llegan a la gente común: lo que se llama ‘música para músicos’. En su caso había temas que, bien difundidos, hubieran podido vender carradas de discos. Tenían ángel, y una pegada popular.” Ésa es la impresión que tuvo Rodolfo García –baterista de Almendra– cuando, junto a Pedro Conde, uno de los mejores amigos del Vasco, interpretaron algunos de sus temas con el grupo La Barraca.
Según el músico rosarino Adrián Abonizio, Mezo era “un excelente letrista, con una voz conmovedora y desafinada en el mejor sentido (la naturaleza no afina). El estado semisalvaje en el que estaba lo hacía original”. Al escuchar Viaje de vida, su primer disco, es fácil pensar lo influyente que podría haber sido si el cosmopolitismo de nuestros gustos musicales no estuviese tan viciado de snobismo. Pero para eso, además de suerte, le habría hecho falta otra sangre: una sangre menos crítica, más careta, menos excesivamente sincera. 


Viaje de ida
“Nací el día del loco y voy a morir el día del loco”, decía Mezo Bigarrena, que llegó al mundo el 22 de julio de 1951 en Algorta, a 16 kilómetros de Bilbao, en el País Vasco. Tenía once meses y daba sus primeros pasos cuando se cayó, lastimándose la cara contra una vasija de loza. El saldo de ese primer golpe fue una cicatriz que le atravesaba en diagonal el pómulo izquierdo, ingrediente indispensable para su aire de pendenciero, matón o pirata.
A los tres años sus padres viajaron a Venezuela en busca de trabajo. Latinoamérica se metió en sus venas de una manera abrupta y decisiva, pero Mezo sufrió mucho la distancia y la casa cercana al faro de Punta Galea fue un escenario ideal para sus tempranas ensoñaciones viajeras. Su padre –José Luis Ugarte, que aún hoy vive en la calle Amesti, en Algorta– recuerda que al volver, “el chaval ya tenía trece años y los mapas del libro de geografía universal que le había mandado llenos de anotaciones. Había localizado perfectamente el lugar donde estábamos, y sabía de geografía mucho más que yo”.
El día que cumplió la mayoría de edad, Mezo dejó su país para siempre. Después de pasar por Suecia cayó en Londres, donde trabajó como obrero de la construcción y en pleno auge yonqui convivió en un squat con Sid Vicious. De esa época es “Caballo rojo”, el himno a la heroína en clave de chacarera que terminó de poner a punto en nuestro país con Eduardo Avena: “Aunque así me reviente/y nunca me levante/ni pueda ir adelante/y mi mejor amante se fuera/Caballo rojo mío/vamos que yo te llevo/a beber agua amarga del río”. En Londres también conoció a Joaquín Sabina, con quien entabló una amistad que terminó, dicen, por un asunto de polleras. Al poco tiempo, cuando Sabina trepó en las ventas, el Vasco gritaba entre risas y rabietas: “¡Yo le robo las mujeres y él me roba los versos!”. No son pocos, en efecto, los rasgos que ambos comparten a la hora de escribir. Por ejemplo: “Hablaban siempre de dinero /Y planeaban asaltar un banco /Y al llegar otro febrero /soñaban con fugarse en un barco./Uno se hizo maricón /otro se hizo marino mercante /Aquél cree en la revolución /mientras su hermano es un traficante”. ¿Sabina o Bigarrena? Bigarrena.

 

Mezo buscó a Sabina en sus pasos por Buenos Aires, pero los encuentros nunca pasaron del abrazo y el ¡qué alegría verte! El Vasco, sin embargo, juraba que en Londres habían sido muy amigos. Sabina, de hecho, se enteró de su muerte en medio de una entrevista para Página/12 con el periodista Víctor Pintos. Quedó exánime, a tal punto que el reportaje se suspendió y recién se reanudó al día siguiente, cuando Sabina llegó con la canción “Flores en su entierro” recién salida del horno: “Veinte años atrás lo conocí /en Londres conspirando contra Franco /Vendía el mejor aceite de hachís /y le excitaba más robar un banco/ que el Mayo de París”. (La versión original acaba de editarse en Diario de un peatón, un trabajo de Sabina, con el nombre “Flores en la tumba de un vasquito”.) 


Según fuentes, no debía ni un sólo mes de alquiler: Sabina sabe más, miente o lo usa como metáfora y licencia.
En Londres vivió también episodios oscuros. Se quedó sin muelas. Estuvo preso. Patricia Somoza, su compañera durante cinco años, evoca el misterio que envolvía esos hechos: “Nunca contó por qué había ido en cana. Yo creo que quería vivir la experiencia. Él decía que se había escapado, pero estaba en libertad condicional: tenía que quedarse en Londres y se fue del país. Los detalles nunca los contó: creo que tenía que ver con el tráfico de algún metal... Pero era muy mitómano. Siempre estaba construyendo su personaje”. Como quiera que sea, de Inglaterra se trajo las sensaciones que lo acompañaron durante el resto de su vida: la angustia, la paranoia de no poder volver. 
Llegó a América latina escapando, y su primera parada fue Venezuela, donde trabajó como periodista en un diario dirigido por Tomás Eloy Martínez. Flirteó en Bolivia con la guerrilla diezmada, y de ahí en más se dedicó a exaltar sólo las luchas propias. “Ya no puede haber células de más de uno”, repetía. Brasil lo tentó, y decidió quedarse. Vivió entre Río de Janeiro y San Pablo, tuvo dos hijas y compartió amistad y zapadas con Chico Buarque y Milton Nascimento. Dicen que a la vuelta del exilio, antes de salir por primera vez a escena en Brasil, Chico Buarque, completamente borracho, sufrió un ataque de pánico del que sólo pudo rescatarlo el Vasco haciéndole tomar una jarra de café. “Chico lo quería mucho –cuenta Pedro Conde–, pero Luis me decía que se había alejado de ese ambiente porque todos comían siempre en lugares caros y él, que llegó a vivir abajo de un puente, nunca podía pagar”. En rigor, el nombre de Mezo aparece como músico invitado en el disco Chico Buarque en español, de 1982.
Dejó Brasil por Patricia Somoza, la porteña que conoció en una playa carioca y que se lo trajo a Buenos Aires, donde se instaló definitivamente en el verano del ‘85. Aquí vivió los últimos ocho años de su vida mientras pegaba saltos esporádicos a Montevideo, tentado por la amistad con los Fattoruso. La melancolía y el “noviazgo con la muerte” que –según él– definía a los porteños fueron su desafío. “Se burlaba de todo”, dice Dardo Sincovski, que supo alojarlo en su departamento de Palermo, “pero supongo que al llegar acá se prometió: ‘Los voy a hacer reír a estos amargos hijos de puta’”.

       Cruces, chispas y discos
Mezo, que hablaba ocho idiomas, “contaba las cosas en el idioma en el que habían sucedido, con un acento perfecto, y siempre terminaba demostrándote que sabía el doble que vos. Era un tipo que llamaba la atención: si te lo cruzabas querías saber quién era”. Pedro Conde recuerda que una vez fueron a un local donde les habían ofrecido tocar por intermedio de la Negra Poli, manager de Los Redonditos de Ricota. “Las condiciones eran bastante truchas y nadie ponía un peso, así que fuimos a ver a la Negra y el Vasco le dijo: ‘Oye, cuando tires un hueso, tíralo con carne’. Pero al rato estaba tocándole la guitarra y seduciéndola adelante de Skay, que miraba sin entender. Al Vasco siempre le gustaron las mujeres de sus amigos.”
En los estudios Panda se cruzó con Luca Prodan y hablaron de Escocia: Luca había pasado ahí una temporada como pupilo en un colegio, y el Vascohabía trabajado en las plataformas de petróleo escocesas. “¿Te imaginás lo que dirían en Escocia si se enteran de que soy estrella del pop en el culo del mundo?”, le decía Luca entre carcajadas. Pedro todavía recuerda el día en que leyeron acerca de la muerte de Prodan en un titular de diario: “‘Este país come-muertos. Yo no voy a terminar como Miguel Abuelo o como Luca’, dijo Mezo. Se enojaba mucho, pero al final él terminó más embarrado que todos”, concluye Conde.
Sin traicionar su lugar de outsider, Bigarrena hizo uso de su encanto y consiguió el apoyo de Emi-Odeón para grabar su primer disco y el de Sony Music para el segundo. Es extraño que la historia de un tipo empiece a derrumbarse justo en el momento en el que parecía estar empezando a funcionar. Durante la campaña de prensa de Viaje de vida (Emi-Odeón, 1990) lo invitaron a varios programas de radio y TV, y más de una vez terminó a las puteadas. “Escucharlo o verlo era un sufrimiento, pero ése era su estilo”, dice Patricia.
Mezo fue agudizando su hermetismo, su mal humor y una clara resistencia a generar la estructura necesaria para sostener el disco que acababa de salir. Dedicado a los militantes vascos Jokin y Espe y a las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, entre otros, Viaje de vida jamás se presentó en vivo. “Para él lo artístico era un medio: no le interesaba que sus temas se escucharan por la radio o en un boliche, ni que lo reconocieran por la calle. Maquillarse antes de un show era transar”, dice Dardo Sincovski. Y Patricia: “Su idea de dar el golpe: no soportaba la idea de pelearla de a poco, tocar, presentarse, dar entrevistas... No sabía lidiar con la realidad. Ése fue su mayor obstáculo: creía que se iba a comer al mundo y el mundo terminó comiéndoselo a él”. Pero ¿qué clase de golpe pensaba dar este extranjero que al presentar su primer disco dice que “este país es la tumba del swing, un lugar de mal cogidos y chupaculos en el que tú no eres lo que eres sino lo que logras aparentar”? Según Pedro Conde, “el Vasco se murió de la misma melancolía que quería combatir. Para los que nacimos acá la depresión es como una gripe: la pasamos y ya. Pero él no estaba inmunizado”.


        El inquilino 
Con Patricia Somoza convivieron unos cinco años. Cuando rompieron, Mezo se mudó al departamento que el médico Dardo Sincovski tenía en Palermo. Ahí vivió un año y luego partió hacia la casa de los Sellés, en el partido de San Martín, a donde llegó de la mano de Patricia, profesora de Literatura de una de las hijas de Pepe y Lucy Sellés. Los Sellés tenían un galpón a un costado del terreno: ahí, con unos roperos viejos y una cama, le armaron su reducto. “Luis congenió inmediatamente con todos, pero sin transigir”, dice Lucy. “A mi madre, que era muy católica, le decía continuamente ‘Luisita, Dios ha muerto’, y mi madre le contestaba que Dios lo iba a castigar por blasfemo. Se cuidaba mucho, hacía ejercicios en el fondo y tomaba sol en la terraza. En septiembre empezó a grabar su segundo disco. Ahí fue cuando más contento lo vimos.” Dardo recuerda que cuando dejó su departamento estaba altísimo de energía, con un nivel de actividad incontrolable. “Nunca vi un tipo tan fuerte. Cuando estaba bien se podía bajar un tubo de whisky y quedar como nuevo, pasarse veinte días sin dormir o tres o cuatro sin comer. Con los vicios tenía un aguante impresionante: no le hacía asco a nada, pero tampoco era dependiente.”
Todo parecía otra vez en marcha. En un pico de optimismo, Mezo empezó a grabar Avión (Sony Music, 1993). Pero el disco debía colmar demasiadas expectativas, la idea del suicidio ya rondaba su cabeza y las difíciles condiciones en la que el álbum se produjo terminaron de abortar cualquier esperanza. Por esos días cortó algunas de sus más entrañables relaciones: “Un día me habló, como si fuese una hipótesis, de la posibilidad del suicidio”, recuerda Pedro Conde. “Yo lo había acompañado en todas, peroése fue un secreto que no guardé: decidí alertar a todos los que estaban cerca de él. Terminamos a las trompadas.” Todos recuerdan que su ánimo fluctuaba entre altos y bajos y que gradualmente se fue hundiendo en un pesimismo impenetrable.
Uno de los detonantes fue la relación con el productor comercial del disco, Jorge Esperón. “Nunca vi putear como Mezo a Esperón. Por teléfono le gritaba que le iba a pegar un tiro en la boca, por traidor”, recuerda Pepe. Según los amigos, el productor no había cumplido con los pagos de la grabación ni con la fecha de edición del disco. Lo cierto es que Bigarrena ya iba camino a la depresión. “El último disco lo hizo a base de ginebra. Aguantaba con eso. Nadie lo cagó en grande; fue como una conspiración de socios que lo fueron enterrando en la mufa de a poquito”, dice Pedro.
Los resultados musicales son fieles al estado en que Mezo encaró cada uno de sus discos. Viaje de vida es notablemente superior a Avión por la calidad de las canciones, pero sobre todo por la atmósfera de fiesta musical que irradia, compartida con músicos como José Luis Sartén Asaresi, el guitarrista José Pedro Beledo, Rodolfo García, Pedro Conde y la cofradía uruguaya de Rada, los hermanos Fattoruso, Beto Satragni y Ricardo Nolé. De Avión, en cambio, Dardo dice que Mezo “sentía que iba a ser una repetición de Viaje de vida, pero con menos onda y menos magia. Además, ya se veía venir otra vez el lanzamiento del disco, salir a presentarlo, dar entrevistas, y eso no le gustaba”. Una vez que lo terminó, Mezo cumplió su promesa y fue a mostrárselo a Pedro Conde. “Fue la última vez que lo vi. Vino a mi casa de Pompeya, lo escuchamos en silencio, sin hablar, y nos despedimos como siempre.”
Cada vez más huraño y paranoico, Mezo “estaba irreconocible. Quería irse a Tahití. Un día me acompañó a buscar el pasaporte y cuando vio las computadoras se puso como loco: decía que no se podía ir a ningún lado, que lo iban a encontrar siempre”. Por esos días, a fines del ‘92, en la esquina de su casa había una fábrica cuyo sereno era irlandés. Conde cuenta que “un día cayó la policía con gran despliegue de helicópteros y se lo llevaron. En el barrio se decía que el tipo era del IRA, y Luis se asustó mucho”. Mezo juntó sus pertenencias en un bolsito verde (casetes, libros, una larga soga blanca) y se instaló en lo de los Sellés. A Pepe le llamó la atención la soga. “Con mi yerno le hicimos una joda: le hicimos una horca y se la atamos en la cabecera de la cama con un cartelito que decía ‘El triste fin de un torcan’”. Por un tiempo, la soga sirvió de hamaca para los niños de la casa. Hasta que, entrado el verano, Mezo la descolgó.
Dos cosas más, según Pepe, colmaron el vaso: “Había hablado con su padre para las fiestas y se había quedado muy mal al enterarse de que estaba sin trabajo. Y después lo llamó una mujer de Francia para decirle que tenía un hijo suyo de seis años. A partir de ahí empezó a quedarse todo el día en la cama. No contestaba los llamados telefónicos; tampoco nuestras preguntas y ofrecimientos”.
Mezo dejó la casa de los Sallés el miércoles 21 de enero. Su cuerpo apareció colgado en los bosques de Palermo en la madrugada del 22.
Avión terminó editado por la Sony unos meses después del suicidio. La tapa del disco estaba a cargo de una agencia publicitaria que por entonces tenía Corcho Rodríguez –sí, el de Susana–, pero la compañía no aceptó pagar la producción de la foto original (un narigón con flequillo y lentes representado por los genitales del mismísimo Mezo) y solucionó el problema de manera macabra y expeditiva: poniendo un árbol en la tapa.

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