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martes, 19 de noviembre de 2013

La inflación, ese viejo monstruo patrio



El enemigo a derrotar por este gobierno y el que venga; aquí, una historia reciente que explica la tendencia alcista y las fórmulas que se proponen para frenarla.

. Los billetes de 2 pesos tienen la textura del papiro, los de 20 escasean y los de 100 parecen ser los nuevos 10 pesos, si consideramos la velocidad en que se nos van de las manos. Rotosa o satinada, la historia reciente de la inflación está impresa a cuatro colores en los bolsillos argentinos. Y la suba de precios le impone el tempo supersónico a la máquina de la Casa de la Moneda, en donde los billetes chicos salen poco y nada, porque valen poco y nada. En datos concretos: en diciembre de 2006, el 50% de los billetes en circulación (1.173 millones de papeles) eran de 2, 5, 10 y 20 pesos. Ahora, sólo representan el 30% del total, a pesar de que la cantidad circulando se triplicó (3.769 millones de unidades). La diferencia del 20% fue absorbida por el papel de más alta denominación desde 1992: seis de cada diez billetes que hay en la calle son de 100. Los descoloridos de $20 representan sólo el 2%, y los de 2 -aunque existen ya 300 millones de monedas- resisten y aportan el 11% del total.

. Después de atravesar este paisaje de cifras y billetes baqueteados, bien podríamos emprender un viaje en el tiempo para volver hasta el año en que la economía crecía más del 8% y la inflación no llegaba al 10% anual. El año feliz era 2006. Y el deseo de viajar al pasado podría ser el de los especialistas -los del gobierno actual y los del gobierno que vendrá- que deberán lidiar con una tendencia de precios alcista que, sólo para septiembre y según lo informado por legisladores de la oposición, fue del 2,1% mensual. Proyectada al 25% anual, la inflación se perfila para ocupar el primer lugar entre las preocupaciones argentinas. Esto es: si en enero tenías diez billetes de 100 y decidiste guardarlos hasta diciembre, tu poder de compra en Navidad va a ser el de siete billetes y medio. Conviene entonces repasar algunas cuestiones -para ejercer con mayor autoridad nuestra angustia- y ensayar algunas respuestas que expliquen cómo se llegó a esta situación y qué estrategias se están pensando para ver la luz al final del túnel.

(*Nota I: algunos datos de referencia que hacen al promedio, del 100% de inflación en diez años o poco mas de algunos productos, como los casos de la leche y la nafta cuyos aumentos lo superan por mucho. En 2002 la cerveza de litro costaba $1 ahora pasa largamente los $10. La yerba mate aumentó hace poco aprox. un 100%. El subte un 127% de una sola vez ($1,10 a $2,50) y ahora el GCBA lo subió a $3,50. Los ingresos generalmente no aumentan en la misma proporción, por lo que los efectos de estas subas en el día a día del bolsillo son devastadores. Con el cepo a la compra de dólares y divisas extranjeras en general y las bajas tasas de interés de los plazos fijos no hay alternativa de ahorro como "refugio". Por tanto, dinero que no se gasta pierde valor, indefectiblemente pues aniquilan su valor en poco tiempo y ahorrar no tiene sentido).

. "Inflar" la cantidad de dinero que circula en una economía. Ese es el origen de la palabra inflación: una metáfora para la emisión de moneda. Una práctica generalmente utilizada por el sector público para financiar sus posiciones deficitarias (más gastos que ingresos). Y como la emisión de moneda sin respaldo impacta de manera decisiva sobre los precios, la palabra inflación se asocia en forma automática con una suba generalizada de precios. En la Argentina, es un término que activa el horror. Quién no recuerda -o no escuchó hablar- (*nota, no los menciona: de "Hay que pasar el invierno", del "Rodrigazo" de los 70 o sea que esta película ya la vimos varias veces y no nos gusta su final) de la "Hiper del 89": los precios subían ese año más del 3.000%; y las facturas de gas, luz y teléfonos -que estaban retrasadas- aumentaban 700%. La mitad de un salario obrero era destinado al pago de servicios, según un paper con la firma del historiador económico Mario Rapoport. Sin embargo habría que anticipar que casi no quedan economistas que se rasguen las vestiduras frente a niveles moderados de inflación: entre un 8 y 10% es aceptable. La historia de ajustes feroces con niveles de altísimo desempleo hizo que muchos especialistas hayan cambiado de opinión. Ya nadie quiere la paz de los cementerios.

. Una inflación aceptable fue la que dominó el período 2003-2006. El Indice de Precios al Consumidor (IPC), que es la medida utilizada para calcular la inflación de un período a través de la variación en el precio de una canasta de alimentos seleccionada, fue en promedio del 8%. La confiabilidad del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) todavía no había sido puesta a prueba.

. Pero en aquel verano de 2006, los precios comenzaron a acelerarse. Era el principio de un período caracterizado por lo que se conoce como "inflación de demanda". Simple: la oferta de bienes y servicios era insuficiente para satisfacer la demanda y el desequilibrio impulsó la suba de precios. Aumentar la oferta no era sencillo. El fuerte crecimiento del consumo durante los años previos había colocado a las empresas muy cerca del límite de su capacidad instalada. Frente a este desequilibrio no hubo señales de moderación. Ninguna. No era el objetivo "enfriar" la economía, ni siquiera aplicarle paños tibios. El gasto público siguió creciendo, continuó alentándose el consumo y la circulación de dinero -que podría haber sido controlada por el Banco Central, por ejemplo, elevando las tasas de interés- mantuvo su ritmo expansivo.

. El alza de precios empezó a hacerse visible y la negación fue la política elegida para evitar que a la "inflación de demanda" se sumara "la inflación por expectativas": si todos creen que los precios van a subir, tomarán decisiones que harán que, finalmente, los precios suban. El riesgo de la profecía autocumplida. El INDEC comenzó entonces a publicar datos subestimados de acuerdo con un "cambio metodológico" y dejó de ser, a partir de 2007, una fuente creíble.

(*Nota II: en rigor de verdad fué intervenido, vaciado de sus investigadores que fueron despedidos sin mas. Lisa y llanamente, comenzó a difundir estadísticas falsarias y dibujadas hacia abajo de los índices reales de inflación, desempleo, pobreza e indigencia, etc. por el cual se deberían tomar decisiones importantes como Políticas de Estado, no se hizo todos estos años y las consecuencias están a la vista. Ahora por la presión del...otra vez después de tantos años, del FMI que pretende endeudarnos y someternos de nuevo, presión a la que el actual gobierno de Cristina Kirchner está cediendo. Además se van creando fuentes alternativas de estadísitcas mas verdaderas, como la de la Central Sindical CTA y la propia Cámara de Diputados en su bloque opositor, mas el nefasto Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires de Macri; todos ellos "compitiendo" y pretendiendo escrachar -esta vez con justa razón para beneficio de todos- al Gobierno Nacional).

. Consultoras, algunas provincias e incluso la Universidad de Buenos Aires se convirtieron en fuentes sustitutas con estimaciones que suelen duplicar las estadísticas públicas. ¿Se puede proyectar a mediano y largo plazo sin información confiable y consensuada? No, no se puede. Por eso la economía está clavada en el corto plazo.

. Además de intentar -fallidamente- controlar la inflación por expectativas, la subestimación de la inflación tuvo otro objetivo: reducir el pago de intereses de los bonos ajustables por CER, una medida técnica que también refleja la inflación. Muchos creen que el ahorro estimado (30 mil millones de dólares) no compensa el clima negativo que quedó instalado: nuevos riesgos y más difíciles de evaluar, dada la discrecionalidad de las acciones públicas. En esos meses de 2007, el riesgo país de Argentina era casi idéntico al de Brasil; hoy lo cuatriplica.

. En guardia. Así estaba el sector productivo cuando en marzo de 2008 comenzó el conflicto con el campo por el aumento de las retenciones. La crisis no hizo más que profundizar el malestar. Desde entonces, la presión impositiva siguió en aumento y fue señalada como una de las trabas a la inversión (necesaria para que crezca la oferta y se achique el desequilibrio por el exceso de demanda). No es casual que desde aquel otoño las tasas de inversión hayan estado cayendo casi sin respiro: en 2012, la caída de la inversión bruta interna fija fue del 4,9% y opacó el crecimiento económico, que apenas alcanzó un modesto 1,9%. Este año la tendencia mejora, pero hace falta un impulso mayor.

. Mientras el mundo desarrollado se debatía en medio de la recesión y el desempleo que dejó la tremenda crisis financiera desatada en 2007, aquí se ratificaba el rumbo de la política económica: no habría medidas de ajuste, el crecimiento se sostendría con estímulos al consumo y un gasto público creciente orientado a redistribuir la riqueza. Los aumentos salariales reflejaron el costo de vida real -lejos del IPC del INDEC-, comenzando una carrera contra la inflación que se retroalimenta año a año y que, difícilmente, termine con un saldo favorable para los trabajadores.

. Desatadas las expectativas de inflación, las reservas del Banco Central empezaron a caer. El proceso virtuoso de "emisión de moneda-compra de dólares-crecimiento de reservas" que se había sostenido en años previos comenzó a revertirse. ¿Qué quieren los argentinos cuando sienten que sus ahorros están bajo amenaza? Dólares. El cepo cambiario fue la respuesta del gobierno en 2011. Restricciones al turismo primero y poco después, en octubre, prohibición de compra de moneda extranjera con fines de atesoramiento. El resultado devino, como con la inflación, en la convivencia de dos realidades: un tipo de cambio oficial y otro paralelo o "blue".
Según la demanda, la brecha entre ambos oscila entre un 30 y 50%. Y si bien ese corsé sobre el dólar oficial viene actuando como un ancla de precios, la sospecha de que esa distancia tendrá que achicarse o desaparecer alimenta la inflación por expectativas. Existe memoria de lo que pasa con los precios cuando se destapa la presión contenida.

. Si no se puede atesorar moneda extranjera, si la tasa de interés por un depósito a plazo fijo es en términos reales negativa (los bancos ofrecen el 18% mientras la inflación estimada es del 25%), si las operaciones inmobiliarias se han vuelto complejísimas, si se hace imposible ahorrar y conservar el valor del peso en el tiempo: ¿qué hacer? Consumirlos. Ya. Antes de que se disuelvan en el bolsillo. Viajes, electrodomésticos, autos, arreglos en la casa, esparcimiento. Si la compra es en cuotas, mucho mejor; las últimas seguramente "ni se sentirán" (aunque la tasa de interés implícita que cobran las cadenas de electrodomésticos cuando se compra en cuotas pueda alcanzar el 60 o 70% anual). Más alimento para la inflación de demanda.

. Entonces, había inflación. Los controles de precios que se implementaron últimamente reconocen que la inflación existe y debe ser tratada. Es una buena noticia más allá de que el control de precios pueda ser una política anti-inflacionaria sostenible en el tiempo. Si la inflación fuese del 10,8% anual, como se proyecta en el presupuesto nacional para el 2014, esta nota no tendría sentido.

No se sabe si los ajustes comenzarán tras las elecciones de octubre o si quedarán a cargo del próximo gobierno. Se habla de recuperar las estadísticas confiables para controlar la inflación por expectativas; de recomponer el clima de negocios para que despeguen las inversiones y aumente la oferta; de comenzar a moderar el gasto público y los incentivos al consumo privado para atacar la inflación de demanda. Nada violento, se escucha decir; ajustes lentos, progresivos. El crecimiento ya no es el de los años felices. Para 2014, el gobierno proyecta un 6,2%; las consultoras privadas menos de la mitad. "No es el 89 ni el 2001, pero hay que ajustar y la gente ya lo sabe; la expectativa está instalada", dice José María Fanelli, profesor de Macroeconomía de la UBA. "Si hacen un ajuste de calidad, no debería ser salvaje. Hay que trabajar sobre el INDEC, el cepo, los subsidios regalados a quienes no lo necesitan. Si no se ocupan, seguirán perdiendo reservas. ¿Y para cuántos meses hay?"

Lo dicho: nadie quiere la paz de los cementerios.


Por Mónica Yemayel


Fuente original excepto agregados propios: http://www.rollingstone.com.ar/1639396-la-inflacion-ese-viejo-monstruo-patrio





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